Roma y los parásitos

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Roma y los parásitos

El antropólogo y paleopatólogo de la Universidad de Cambridge, Piers Mitchell, ha concluido, a través de sus investigaciones, que Roma no logró reducir la incidencia de gusanos intestinales y piojos, a pesar de haber sido precursora en salud e higiene pública.

La Cloaca Máxima

Hace aproximadamente 2.600 años Roma ya contaba con la Cloaca Máxima (red de alcantarillado construida en la Antigua Roma), y después llegaron los acueductos para llevar agua limpia a la ciudad, los baños o las letrinas públicas. A pesar de ello, no se redujo la incidencia de infecciones intestinales ni de ectoparásitos. Según afirma Mitchell, “Era de esperar que las tecnologías sanitarias romanas mejoraran la salud intestinal de la población reduciendo los parásitos. Sin embargo, las evidencias arqueológicas no lo demuestran”.

 

Fuentes de información

Mitchell explica, a través de sus investigaciones, cómo llega a estas conclusiones y cómo se obtiene esta información. Según afirma, los huevos de la mayoría de endoparásitos intestinales (lombrices, tenias, etc.) se conservan durante milenios gracias a la quitina, un material que da consistencia al exoesqueleto de los artrópodos. Por otro lado, existe otra importante fuente de información para los paleoparasitólogos: los coprolitos, heces endurecidas o en proceso de fosilización. Así, el número de huevos de endoparásitos por centímetro cuadrado de coprolito puede dar una indicación del grado de parasitismo en un momento dado de la historia. Según Mitchell “no hay ningún descenso de parásitos con los romanos. Y esto vale tanto para los gusanos intestinales como para los ectoparásitos como pulgas y piojos”.

 

Prácticas nocivas

Efectivamente, a pesar de la introducción de avanzadas tecnologías sanitarias, la salud pública en Roma se vio afectada por determinadas prácticas que favorecían la proliferación de infecciones.

 

Entre dichas prácticas, Mitchell destaca el empleo de heces humanas como abono, llevando a la propagación del tricocéfalo (gusano alargado que se alimenta de sangre) y de las lombrices intestinales. “Sospecho que cualquier mejora para la salud aportada por las letrinas se vio superada por la práctica romana de fertilizar los cultivos con heces humanas recolectadas en las ciudades”, afirma Mitchell. Por otro lado, el empleo del garo, una salsa a base de vísceras de pescado fermentadas, contribuyó a que los huevos de la tenia de los peces se expandieran por todo el imperio.

 

A pesar de todo esto, sabemos que los romanos conocían la existencia de endoparásitos, gracias a los escritos de Plinio el Viejo o de Quinto Sereno Samonico. Sin embargo, “los romanos no entendían las enfermedades infecciosas de la misma forma que lo hacemos ahora”, afirma Mitchell.

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